Por César Román, autor de El arte de vivir

“Las tres enfermedades del hombre actual son la incomunicación, la revolución tecnológica y su vida centrada en su triunfo personal.”
-José Saramago.

Todo se ha vuelto cibernético: los regalos, los abrazos, el cariño, etc.
Sabemos que la interacción por las redes nunca va a suplantar el efecto de la voz o del calor humano y sus implicaciones para la salud, pero nos estamos dejando vencer por la comodidad, el egoísmo y el individualismo, y hoy preferimos chatear a hablar por teléfono o preferimos enviar un texto a juntarnos. Estas conductas nos han convertido en islas, y hoy nuestros valores y sentimientos de amor al prójimo, solidaridad, compasión, apoyo, etc., se limitan, muchas veces, a simples publicaciones sobre valores que pregonamos sin aplicar, en muchos casos.

Preferimos hacer 10 publicaciones sobre la gratitud, la amistad o la bondad de Dios, antes que llamar a un familiar para ver cómo amaneció o preguntarle a un amigo si le podemos ayudar en algo. Percibo que el nuevo Evangelio de la abundancia tiene tintes individualistas. Ya no es amar al prójimo como a mí mismo, ahora es Dios ayúdame a mí y mi núcleo familiar, los demás importan muy poco. Pienso como Robert Ingersoll, quien dijo: “Las manos que ayudan son más nobles que los labios que rezan”.

Es innegable la conveniencia de la tecnología; sobre todo, en las comunicaciones de negocio o para enviar mensajes rápidos, pero la misma no justifica la ausencia de presencia para caer en la distancia que genera frialdad.

Mientras según los estudios, los abrazos calman, relajan, animan, reducen el estrés y las enfermedades, mejoran el estado de ánimo, alivian el dolor, equilibran el sistema nervioso, reducen el miedo y la ansiedad y aumentan los niveles de oxitocina (la hormona de la felicidad); el aislamiento por vivir apegado a las redes sociales, en cambio, aumenta los niveles de estrés y de ansiedad y reduce nuestras habilidades sociales.

La prisa, las políticas del Estado, los medios, el consumismo, el deseo de lucro, la competencia, el deseo de triunfo personal, etc., nos han deshumanizado. Quizás aunque sea por motivos egoístas más que altruistas, porque nos beneficia y es saludable deberíamos propiciar más los encuentros.